“Escucha a tu cuerpo. Él sabe lo que necesita.”
— Anónimo
Hay días en los que tenemos hambre desde que nos levantamos.
Otros en los que llegamos a la hora de comer y nos damos cuenta de que apenas tenemos apetito.
Y, a veces, incluso podemos pasar de un extremo al otro en cuestión de días.
Durante mucho tiempo hemos tendido a pensar que deberíamos comer siempre más o menos lo mismo: desayuno, comida y cena, con unas cantidades determinadas y a unas horas concretas.
Pero nuestro cuerpo no funciona como una calculadora.
El apetito cambia. Y, en una persona sana, que cambie no significa necesariamente que haya un problema.
Hambre y apetito no son exactamente lo mismo
Aunque solemos utilizar ambas palabras como si significaran lo mismo, existe una pequeña diferencia.
El hambre es principalmente una señal fisiológica. Es la manera que tiene nuestro organismo de indicarnos que necesita energía y nutrientes.
El apetito, en cambio, es algo más complejo.
Está relacionado con el hambre, pero también con nuestros sentidos, nuestras emociones, nuestras experiencias y el contexto en el que comemos.
Podemos tener hambre y no sentir demasiado interés por la comida, o tener ganas de comer algo aunque físicamente no tengamos demasiada hambre.
Por eso, nuestro comportamiento alimentario no depende de una única señal.
El cerebro recibe información constantemente procedente del aparato digestivo, del tejido adiposo, del páncreas y de otras partes del organismo. Hormonas como la grelina, relacionada con la sensación de hambre, y otras como GLP-1, PYY y colecistoquinina participan en las señales que ayudan a regular la ingesta y la saciedad.
Es un sistema extraordinariamente complejo.
Y, afortunadamente, no necesitamos conocer cada una de sus señales para escuchar nuestro cuerpo.
No necesitamos comer exactamente lo mismo todos los días
Nuestra necesidad de energía tampoco es idéntica cada día.
Podemos haber caminado mucho más de lo habitual, haber hecho ejercicio, haber dormido mal, estar recuperándonos de una enfermedad o simplemente haber tenido un día especialmente activo.
Todo eso puede influir en nuestro apetito.
También ocurre lo contrario.
Después de un día tranquilo, de haber comido más de lo habitual el día anterior o simplemente porque nuestras necesidades energéticas son menores, podemos sentir menos hambre.
Eso no significa necesariamente que nuestro metabolismo se haya “estropeado” ni que estemos haciendo algo mal.
El apetito es dinámico porque nuestras necesidades también lo son.
¿Qué ocurre cuando dormimos mal?
Probablemente esta sea una de las razones que más fácilmente podemos reconocer en nuestra vida cotidiana.
Después de una noche de mal sueño, algunas personas sienten más hambre o más deseo de determinados alimentos.
El sueño insuficiente y la alteración de nuestros ritmos circadianos pueden modificar señales hormonales relacionadas con el apetito y también influir en la recompensa que obtenemos de la comida.
No significa que una mala noche vaya a cambiar nuestro metabolismo de manera dramática.
Pero sí nos ayuda a entender por qué, después de dormir poco, podemos encontrarnos buscando comida con más frecuencia.
Quizá nuestro cuerpo no esté pidiendo únicamente “fuerza de voluntad”.
Quizá esté pidiendo descanso.
El estrés también puede cambiar nuestro apetito
Aquí las diferencias entre personas son enormes.
A algunas personas el estrés les quita completamente el apetito.
A otras les ocurre exactamente lo contrario: sienten más hambre, comen con mayor frecuencia o tienen más ganas de alimentos muy palatables.
Por eso tampoco existe una única respuesta del organismo al estrés.
El apetito surge de la interacción entre señales fisiológicas, hormonas, cerebro, emociones y entorno.
Y quizá por eso sea tan difícil reducir la alimentación emocional a una cuestión de “tener más fuerza de voluntad”.
¿Y las mujeres y los hombres tienen el mismo apetito?
No exactamente, pero tampoco podemos decir que exista un patrón sencillo en el que los hombres tengan un apetito estable y las mujeres uno variable.
Las hormonas sexuales participan en la regulación del apetito y del metabolismo, y esto significa que pueden existir diferencias entre hombres y mujeres.
En las mujeres que menstrúan, además, el apetito puede cambiar a lo largo del ciclo menstrual.
Una revisión sistemática y con metaanálisis publicada en 2025 encontró, en promedio, una mayor ingesta energética durante la fase lútea —la segunda mitad del ciclo— que durante la fase folicular. La diferencia media fue de aproximadamente 168 kcal al día, aunque los propios autores señalan importantes diferencias metodológicas y entre individuos.
Esto es importante.
No significa que todas las mujeres necesiten comer más antes de la menstruación.
Significa que las fluctuaciones hormonales pueden influir en el apetito y que es perfectamente posible que una mujer note cambios en su hambre a lo largo del mes.
Y esos cambios no tienen por qué ser algo que debamos combatir.
¿Y los niños?
Aquí quizá sea todavía más importante aprender a escuchar las señales de hambre y saciedad.
Los niños están creciendo y sus necesidades energéticas cambian.
Puede haber días en los que un niño parezca tener un apetito enorme y otros en los que prácticamente no quiera comer.
Durante determinadas etapas del crecimiento, incluso pueden producirse cambios bastante llamativos en el apetito.
Por eso, en lugar de esperar que un niño coma exactamente la misma cantidad cada día, tiene más sentido ofrecerle alimentos nutritivos y variados y permitir que, dentro de unos límites razonables, responda a sus propias señales de hambre y saciedad.
Esto no significa dejar de poner límites ni ofrecer cualquier alimento en cualquier momento.
Significa no convertir cada comida en una batalla por conseguir que termine el plato.
¿Debemos honrar siempre nuestro hambre?
Esta es una de las ideas que más me gusta de hablar sobre el apetito.
Creo que sí debemos aprender a respetar nuestras señales de hambre y saciedad.
Pero hay una pequeña diferencia entre respetar el hambre y responder automáticamente a cualquier deseo de comer.
Si tenemos hambre, tiene sentido preguntarnos:
¿Qué necesita mi cuerpo ahora?
Y ofrecerle comida de verdad: una comida completa, un alimento nutritivo, algo que nos guste y que nos ayude a sentirnos satisfechos.
No necesitamos ignorar el hambre por miedo a comer demasiado.
Pero tampoco necesitamos interpretar cada antojo como una señal fisiológica de que nuestro cuerpo necesita energía.
Escuchar nuestro cuerpo también significa aprender a distinguir sus señales.
Comer bien no significa comer exactamente igual cada día
Quizá esta sea una de las ideas que más hemos perdido entre menús, cantidades y horarios perfectamente establecidos.
Una alimentación saludable no tiene por qué ser matemáticamente idéntica todos los días.
Podemos tener más hambre después de una caminata larga.
Podemos necesitar una comida más abundante después de hacer ejercicio.
Podemos despertarnos sin demasiado apetito y desayunar más tarde.
Podemos tener menos hambre un día y más al siguiente.
Mientras nuestra alimentación habitual sea variada, nutritiva y basada principalmente en alimentos de calidad, esas pequeñas fluctuaciones forman parte de la normalidad.
Nuestro cuerpo no necesita que comamos exactamente lo mismo cada día.
Necesita que, en conjunto, reciba lo que necesita.
Cuando la falta de apetito sí merece atención
Que el apetito cambie ocasionalmente es normal.
Pero una pérdida de apetito persistente, especialmente si aparece de manera inexplicable o se acompaña de pérdida de peso involuntaria, cansancio importante, dolor, problemas digestivos u otros síntomas, merece ser consultada con un profesional sanitario.
Lo mismo ocurre cuando el hambre se vuelve muy intensa y difícil de controlar de forma persistente.
La idea de escuchar nuestro cuerpo no significa ignorar las señales que puedan indicar que algo no va bien.
Conclusión: Aprender a escuchar en lugar de controlar
Quizá no podamos controlar completamente nuestro apetito.
Y quizá tampoco deberíamos intentarlo.
Nuestro organismo dispone de un sistema extraordinariamente sofisticado para regular el hambre, la saciedad y la energía disponible.
El sueño, la actividad física, las hormonas, el crecimiento, el estrés y muchos otros factores forman parte de esa conversación silenciosa que nuestro cuerpo mantiene con nosotros cada día.
Por eso, si un día tenemos más hambre y otro menos, no necesariamente tenemos que corregir nada.
Podemos simplemente observarlo.
Escuchar.
Y responder con alimentos que realmente nos nutran.
Quizá comer bien no consista en conseguir que nuestro apetito sea siempre igual, sino en aprender a confiar un poco más en las señales que nuestro cuerpo lleva toda la vida enviándonos.
Glosario
Grelina: hormona producida principalmente en el aparato digestivo que participa en la regulación del hambre y aumenta antes de las comidas.
Saciedad: sensación que aparece después de comer y contribuye a reducir temporalmente el deseo de seguir comiendo.
Referencias
- Tucker, J. A. L. et al. (2025). The Effect of the Menstrual Cycle on Energy Intake: A Systematic Review and Meta-analysis. Nutrition Reviews.
- Darabi, Z. et al. (2025). Appetite-related Gut Hormone Responses to Feeding Across the Life Course. Journal of the Endocrine Society. Revisión sobre grelina, GLP-1, PYY y colecistoquinina y su papel en la regulación del apetito a lo largo de la vida.
- Coll, A. P., Farooqi, I. S. & O’Rahilly, S. (2007). The hormonal control of food intake. Cell.
- Hirschberg, A. L. (2012). Sex hormones, appetite and eating behaviour in women. Maturitas.
- St-Onge, M.-P. et al. Does sex influence the effects of experimental sleep curtailment and circadian misalignment on regulation of appetite? Revisión sobre sueño, ritmos circadianos y regulación del apetito.

